Cocinando para los propietarios. 25 de julio, Santiago.

El 25 de julio es Santiago y día de Galicia. Y Galicia es allá donde llueve mucho y más en Santiago, porque Santiago es santo y ciudad hermosa húmeda y melancólica. En Santiago me inicié en mis artes clericales -si tal cosa existe- en Santiago me gustaba la lluvia cada dos semanas, los helados de cucurucho -antaño- en la alameda: ahí donde se experimentaron los primeros eucaliptos que después nos invadirían y ahí donde me asomaba al campus como universo paralelo a mi realidad.
Luego ya uno creció para vivir en las entrañas de la pedregosa ciudad, para entre porros y viños pensar na orella, cocodrilos, tigres y en tiempos más prósperos pulpo e navallas. Intercambiar tertulias y actos culturales como perfecta excusa de semejante holgazanería, lamentable pero tan tierno... Ternura de carnes ajenas y efímeras clavadas en la memoria, brincando entre lo irresponsable, prohibitivo y crudo de una madurez que se reivindicaba. Que oscura bohemia, que maldito lacazán.
Pues claro que si, hice una tarta de Santiago
de postre, que no era extraordinaria, pero era mi primera, la hice con mucho tino e incluso intenté hacerle la forma de la cruz, el resultado era absurdo y desistí.
Antes había hecho una milanesa de entrecot con polenta con pesto, flor de calabacín y ramillete de tomates; y de entrante una ensalada de inspiración nórdica que copié del restaurante Eboca, de Julio Garmendia, era una ensalada de remolacha, patata, arenque ahumado, cebolla frita...
De aperitivo croquetas.
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