Amarilla y dulce santidad.

Bendita semana dedicada a los encantos del azúcar. En la partida de pastelería, como primer contacto durante pocos días, tuvimos la opción de escoger postres para hacer, y yo empapado de este celestial tiempo de Adviento, hice una elección santa y amarilla:
"Yemas de Santa Teresa", "Tarta Capucchina" y "Tocinillo del cielo" tres bocados del recetario dulce español, de orígen árabe y conservadas en diferentes conventos con diferentes nombres.
Quizás la historia de muchas de estas golosinas viaja de boca en boca desde el norte de África para introducirse en algún convento de la mano de algún sirviente de cualquier monja de buena familia, cuya devoción y entrega sublime en cuerpo y alma a la oración y plegaria, no le impedía renunciar a la comodidad del servicio. Tal placer casi carnal, y de semejante origen, sería guardado por las monjitas de generación en generación, quizás modificándolas o adaptándolas como cuando los capataces de las bodegas tomaron por costumbre entregar como donativo las yemas sobrantes de los huevos que utilizaban para clarificar vinos, y ante tal excedente quizás las comercializaban, vete tu a saber...; pero definitivamente dieron a luz en momentos difíciles como con la "desamortización de Mendizabal" allá en 1835, que obligó a los conventos a buscarse la vida para subsistir.
Las Yemas de Santa Teresa o de Ávila tienen un evidente origen monacal y árabe a pesar de que se lo adjudica para sí la vetusta pastelería La Flor de Castilla de Ávila, que comenzó a comercializarlas en 1860, llegando incluso a registrarlas 60 años después; podríamos pensar entonces que las yemas de San Pablo de Cáceres son una copia de estas o las de San Leandro de Sevilla del convento de las agustinas cuyas primeras informaciones datan del siglo XV, pero no seamos maliciosos y respetemos estas pillerías.

La tarta Capuchina sin ser más que un bizcocho horneado al vapor y borracho, también necesita de muchas yemas, y aunque no he encontrado nada concreto sobre su origen, con semejante nombre e ingredientes..., poco se puede decir. Popular, eso sí, allá por las Vascongadas -que decían antaño-.
El origen del Tocinillo del cielo ha querido adjudicárselo el convento del Espíritu Santo en Jerez de la Frontera, pero lo cierto es que se ha difundido por el resto de la geografía española, siendo muy popular, por ejemplo, el del pueblo palentino de Villoldo, elaborado por primera vez a principios del siglo XX ya no en un recinto santo, sino en la pastelería del señor Heriberto Pedrosa.

Y con tanta yema y azúcar, la semana llegó a su fin con una sensación de empalague y viscosidad fría.
Pero podría ser peor, dado que obvié los huesos de San Expedito, que no son lo mismo que Huesos de santo, como tampoco son lo mismo los suspiros de monja ni las islas flotantes, ni la leche frita, ni Tortas de Santa Rita, ni roscos de Santa Clara, ni las rosquillas de San Isidro, ni otros de nombre más honesto como: alfajores, mazapanes, panellets, alajú, colineta,...

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