Fisiología del gusto. J.A Brillat-Savarin

"Fui a visitar cierto día a uno de mis mejores amigos (el señor Rubat). Tuve conocimiento de que estaba enfermo y, en efecto, le vi cubierto con una bata al lado del fuego, en grandísima postración. Causaba espanto su fisonomía; presentaba un rostro pálido, ojos brillantes, y le colgaba el labio de modo que se veían los dientes de la mandíbula inferior, lo cual, naturalmente, le daba cierto aspecto horrible.

Inquirí con grandísimo interés acerca de los motivos que hubieran podido determinar una mudanza tan repentina, vaciló en contestarme, pero insistiendo yo, después de alguna resistencia, manifestóme lo que sigue:

«Amigo mío -dijo poniéndose colorado-, tú sabes que mi mujer es muy celosa y que semejante manía me ha hecho pasar ratos amargos. Desde hace algunos días, ha experimentado una crisis espantosa y, queriendo probarle que no había perdido parte alguna de mi cariño y que no practicaba yo en perjuicio suyo amistades contrarias al tributo conyugal, me he puesto en semejante estado.» «Por consiguiente, has olvidado -respondí-que tienes cuarenta y cinco años, y que para los celos no hay remedio.

(...)

«El médico -replicó- acaba de irse, ha creído que yo padecía fiebre nerviosa y, en consecuencia, ha recetado una sangría, y para que la practique mandó venir inmediatamente al cirujano.» «¡Qué cirujano! -manifesté-; líbrate de tal, porque de lo contrario te mueres; échale como a un asesino y dile que yo me he apoderado de ti en cuerpo y alma. Además, ¿sabe el médico el origen de tu enfermedad?» «¡Ay de mí!, lo ignora; porque tuve tan grandísima vergüenza que me impidió confesarle cuanto ha ocurrido.» «Pues bien, hay que mandarle un recado para que venga.

(...)

No tardó en llegar el médico, a quien referí todo cuanto había hecho y el enfermo le confesó la verdad. La frente sabia del doctor tomó primero un aspecto severo; mas pronto, mirándonos con cierto aire mezclado de alguna ironía, dijo a mi amigo:

«No debe usted extrañar mi falta por no haber adivinado un mal que ni a los años ni al estado que tiene corresponde. Verdaderamente, grandísima modestia declara usted ocultándome la causa que sólo el honor confiere. Debía además regañar a usted mucho por haberme expuesto a cometer errores llenos de funestas consecuencias. Mi compañero-añadió, haciéndome reverendo saludo, que devolví con usura— ha indicado el buen camino; tome usted su sopa, aunque el

autor la nombre de distinta manera, y si según creo desaparece la calentura, tome entonces para almorzar una taza de chocolate con dos yemas de huevos frescos, batidas.» Después de pronunciar tales palabras tomó su bastón y su sombrero, retirándose acto continuo, mas dejándonos con muchas ganas de divertirnos a costa suya. Sin perder tiempo, hice tomar a mi enfermo una gran taza de mi elixir de la vida; la bebió ávidamente y quiso tomar otra, pero mandé

que aguardase dos horas y le di la segunda taza antes de irme.

Al día siguiente no tenía calentura y estaba ya casi bueno; almorzó lo que había mandado el médico, siguió tomando la bebida y así que transcurrieron cuarenta y ocho horas, pudo dedicarse a sus ocupaciones ordinarias, pero el labio rebelde tardó tres días en ponerse natural.

Después de algún tiempo, propalóse tal suceso y todas las señoras cuchicheaban grandemente unas con otras sobre la materia. Algunas admiraban a mi amigo y casi todas le tenían lástima; pero al catedrático gastrónomo cupo, como era debido, grandísimo honor y gloria."

Fisiología del gusto, J.A. Brillat-Savarin


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