Maridaje de escupideras vacías

Y yo de vino sólo se que me gusta, sin más entendemientos ni adjetivos infinitos. Me gusta beberlo para embriagarme, digamoslo así, sin palitaivos.
Fue este un día variopinto, comenzó con una inesperada charla sobre alimentación deportiva sólo interesante por la oratoria del que hablaba, el que hizo interesante lo soporífero. ¿Que quíen es este?, nos preguntábamos sin saber responder.
La clase teórica de esta semana trató sobre la formulación en pastelería, un tema muy interesante basado en el equilibrio estructural de las recetas para conseguir diferentes resultados de textura y volumen relacionando agua con sólidos, un rollazo que para quien le interese dejaré en cuanto lo tenga disponible, un enlaze. La teoría es del conocido pastelero Santiago Pérez Sánchez.
Pero hablemos de lo que toca, que estábamos luchando contra la lógica de una regla de tres, descomponiendo una receta en sólidos grasos, sólidos magros, harina y azúcar cuando entró este bendito hombre, dícese profesor del departamento de Servicios, pongamosle cafetería, sala, qué mas da; que entró el señor que ni su nombre recuerdo con unos vinos y unos apuntes para gozo y disfrute de esta audiencia ávida de caldos y golosadas. Cómo comenzó su explicación locuaz y fundada, no lo se, pero ahí estaba quien escribe, atónito y sometido a sus palabras. Me gusta el vino y la coherencia. La imagen que se ve arriba muestra uno de los grandes momentos: probar diferentes sabores con diferentes vinos, síntesis del entendimiento de lo que un maridaje es. Champiñón, romero, orégano, salvia, romero, cilantro, hinojo y pomelo. Los vinos..., lamento no recordarlos: el primero un blanco mallorquín, el segundo un Albariño, después los tintos: un Rioja y un Ribera del Duero, la copa del medio esperó por un Porto que combinamos por último con un queso Cabrales ni más ni menos. Pero volvamos al ejercicio: cada mordisco de hierbajo seguía un tragito de cada vino, así fuimos comentando las impresiones extrayendo conclusiones y entendiendo el sentido e importancia de un buen maridaje.
Después del ejercicio y con la escupidera vacía, o lo que es lo mismo, un pelín achispados, llego el momento álgido: unas lonchas de Manchego, sobrasada, butifarrón, champiñones salteados, espinacas con piñones, calabacín a la plancha. Alimentos sencillos pero benditos y saciadores. El vino se acababa y llegó el Porto con el Cabrales, curioso experimento; pero, no en valde, el vino dulce pedía otra cosa y he aquí el cachito bien jugoso de gató que puso fin a este festibal de escupideras vacías cuya consecuencia fue un dolor de cabeza agudo y otras reflexiones sobre el infinito mundo del conocimiento y el placer.
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