Tallaje de frutas o la erupción me mis miserias

Una de las enseñanzas que se imparten en el Postgrado que estoy cursando es el tallado de verduras y frutas, también llamado arte mikomono. La verdad es que se trata de una disciplina interesante y muy vistosa, pero que a mi no me acaba de resultar atractiva, será por eso de despreciar lo ignorado, de odiar como habríamos de odiarnos por nuestra propia ineptitud. Será porque los demás lo hacen mejor que yo, porque cada movimiento de muñeca es torpe, porque antes de hacer la incisión tengo la certeza de que la hendidura será imprecisa, será porque recupera de mi ese niño que ha de suplicar ayuda a Xisco, que disimulando su decepción, accede una y otra vez a reparar lo irreparable, para que yo continúe malgastando concentración en un melón canalla que me oculta su hermosura, que resalta mis miserias y las arrastra precipitadamente para sedimentarlas en mi expresión facial, y así, de esta impúdica guisa, despojado de intimidad y sensible al vilipendio ajeno de compañeros granujas, fui terminando uno de los tallajes más básicos, sencillos y repetitivos a los que se puede someter un melón o similar.
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