Tiempo de chourizos.

Y casi sin darse uno cuenta van pasando los días, se precipitan sobre mi, y yo..., abandonado en una feliz deriva me maldigo porque soy consciente de lo que se me va viniendo encima. Que yo no le hago ascos al estropajo, y que quizás me cueste un poco más desenvolverme con la aspiradora o con la plancha, que los horarios de oficina y de hospital son de mañana, y por fortuna me toca ir al paro porque Garmendia me llamó para un servicio y me anticipa que volveré a Eboca, y después a un yate con un posible señor que quiere comida española. Pero no me gusta faltar a clases que bastante me han costado, bastante más las estoy disfrutando, pero se acumulan tareas, maldita sea. Y entre tanto ya me me he terminado el libro de Herve This, y ya estoy con su segundo sin escribir sobre el primero. Que me vino a ver mi familia y tan agradecido y sorprendido de que ahí por la puerta E de Llegadas apareciese mi abuela recién iniciada en vuelos transpeninsulares; pues mira, que me trajeron queixo, botelo y chorizos caseros y de Salamanca, que bien sabe mi madre que me encantan, que no pasa un día sin que les meta un bocado y todavía quedan, que me estoy poniendo fino y que no recuerdo que era eso de madrugar para ir al gimnasio, ya no se pasa frío, y pasamos las tardes de domingo en la terracita arreglando la vida sentimental de Joan, y antes vino Paco al ritmo de Encarnita Polo mientras yo me fumo cigarrillos con Aga, Nuno me descubrió el Xurés y Tatiana me habla de platos portugueses que algún día probaré. Entre tanto Pani Motyl se recupera y me siento optimista, nada me asusta, pero toca espabilar, que el servicio de hoy no fue genial y hay que prepararse un buffet afrodisíaco.
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