Ellas son chefs.

Ellas son chef, es un interesante repaso de algunas de las mejores cocineras europeas, lo más destacado, o al menos, lo que más me llamó la atención es la descripción de diferentes personalidades y muy variadas historias personales, es curioso que la gran mayoría de ellas son autodidactas que a base de trabajo y cariño han conseguido sacar a delante un negocio de éxito.
"Hacía más de un cuarto de siglo que íbamos tras sus pasos, para poder constatar, finalmente, que las mujeres habían triunfado en la política, el deporte, las artes y la cultura. Lo sabíamos. Pero que también hayan conseguido ser reconocidas entre los grandes del mundo de la cocina, coto reservado tradicionalmente a los hombres -y todavía machista-, eso sí que es nuevo. Su cometido era cuidar de las tareas domésticas (está claro que ellas se encargan de la comida de todos los días), del puchero, del guiso. Madre más que mujer, redonda de formas, más conservadora que creativa: era la imagen de ayer. Porque ahora van a la vanguardia, No hay más que viajar a Italia para comprobar cómo les han ganado terreno a los hombres: de sus cuatro chefs "tres estrellas", tres son mujeres. Cómplice, sensual, decidida, fina, sonriente, elegante, maliciosa, seductora, intelectual y práctica, la mujer europea no se contenta con "cocinar", sino que desea crear moda, imponer su estilo, suscitar un reconocimiento sereno.
Todas las mujeres aquí agrupadas -treinta y cinco jefas de cocina y una repostera sin igual- tienen mucho en común. Ejercen este duro oficio por pasión, no por interés, y jamás cuentan las horas. Algunas como Christine Ferber, no dudan en levantarse a las tres de la madrugada para llegar, antes que nadie, a la recolección de frutas. Inventan e investigan; y actualizan con pasión las antiguas recetas. Son sobre todo, fervientes militantes de su arte. Por eso las hemos escogido.
Están rodeadas de hombres que las apoyan, las respaldan, las cuidan, las alientan, las estimulan, las incitan a seguir adelante. En Luxemburgo, en Austria, en España, en Bélgica, en Suiza, son mujeres que no vacilan a la hora de quebrantar las jerarquías. Pero, en raras ocasiones se colocan en primer plano. Sus restaurantes, sus distintivos, sus productos, sus cartas (que se leen a menudo como poemas -tal es el caso de la "pequeña" Judith Baumann en la Pinte des Mossettes o de la dulce Chantal Chagny en Fleurie, Beaujolais) acaparan el centro de atención.
Son, muchas veces, autodidactas que han observado cómo cocinaban su padre, su hermano os u madre, e incluso su marido, y los han reemplazado en su labor. Sus historias tiene mucho de aventura, a veces legendaria, como la de la modesta Annie Féolde, convertida en duquesa de la Toscana, en Florencia, o la discreta Jocelyne-Lotz Choquart, cuya vida podría haber sido imaginada por Hector Malot.
Huyen a menudo del estrellato o le vuelven la esplada, después de años triunfales, como el caso de Olympe, en París. Dominan el mundo gastronómico de sus lugares de origen, ya sea desde un rincón campesino de la llanura del Po (como es el caso de la deslumbrante Nadia Santini en Canneto sull´Oglio) o desde las orillas del lago de Orta (como es el de la dulce Luisa Vallazza en el Soriso) en Soriso. Y saben burlarse de los hombres con orgullo (como la luxemburguesa Léa Linster, la primera mujer que consiguió el Bocuse de Oro en Lyon). Pero su saber hacer sigue siendo su mejor baza.
Todas nos gustan, cada una a su manera, por supuesto, y todas tienen sus palabras y sus platos para expresar sus pareceres. Capitalinas o de provincias, europeas de corazón, pero sobre todo, enraizadas en su tierra, entre Gruyère y Cataluña, el Piamonte y el Maresme, Flandes y el País Vasco, Provenza, Alsacia o el Lazio. En España, la vasca Elena Arzak y la catalana Carme Ruscalleda, fruto de dos culturas culinarias singulares, ejemplifican , entre tantas otras grandes cocineras, la maestría a la hora de rescatar lo mejor de la tradición e incorporarlo sabiamente en la avanzada de la cocina contemporánea que ambas practican.
Así, entre todas, han conseguido mostrar otra cara de la cocina, más cuidada, más sensual, más cálida y en ocasiones, más audaz. Cuentan son sus trucos (el chorrito de aceite de oliva en la sopa campesina de Gisèle Lovichi), sus destellos de genialidad (los raviolis transparentes de langostinos de Carme Ruscalleda) o sus postres magníficos (el café irlandés helado de Isabelle Egloff)
En resumen, todas ellas, cada una en su estilo, demuestran que la cocina de las chefs se desenvuelve hoy en el nivel de la excelencia. Este libro de homenaje es la prueba: ¡su hora ha llegado! "
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