El perfecto gourmet.


El perfecto gourmet, en la elegancia que le define, buscó paciente a su víctima, que había de ser totalmente sana y no demasiado mayor, requisitos imprescindibles. Pero no sólo esto, sino que , haciendo un uso excelso de la ética, buscaba la felicidad mutua, nada menos que una víctima voluntaria, una vianda deseosa de ser comida.

-Qué incongruencia- pensaría un mal gourmet,
-Qué bobada- pensaría un glotón,
-¡¿Qué?!- pensaría un hambriento.
Y no le faltaron reses al sibarita, que en plena preparación y a punto de hacer gala de su arte cisoria, intuyó arrepentimiento en la criatureja allí colgada, dejándola ir libre y gozosa campo a través.
No es fácil dejarse matar, pensaría entonces el gourmet, que fiel a sus criterios, no decayó y persistió en su exquisita batida.
Tiempo después halló una nueva víctima, susceptible de exquisitez, pero que en un acercamiento previo, huyó titubeando.El gourmet, quizás resignado, mas persistente en sus criterios, se vio sorprendido más tarde por el dócil regreso del manjar viviente, que sucumbió al encanto del sublime festín auspiciado por el buen gourmet.
Herramientas de matarife y precisión de cirujano, disfrute mutuo, aperitivo y ritual dieron paso a un proceso de despiece riguroso y metódico, diseccionado con pulcritud aquel cuerpo caliente y aún vivo en un principio, que posteriormente, bien desangrado y limpio, se fue reduciendo a trozos de carne catalogados en sus diferentes calidades y perfectamente envasados para su posterior almacenaje.
Al final del duro día de trabajo, el gourmet en su soledad, y habiendo seleccionado una parte noble del lomo del animal se preparó para el festín.
Su mejor vajilla, los cubiertos para carne, una copa para un gran vino tinto y un romántico candelabro embellecían la mesa. En el plato, unas patatas princesa recién hechas, unas coles de Bruselas de temporada y por supuesto aquel sublime trozo de carne humana.

-¡Qué barbaridad!- pensaría un mal groumet.
-¿A qué sabe la carne humana?- pensaría un glotón.
-umm- pensaría el hambriento.
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"El llamamdo arte culinario se basa en un asesinato previo, con toda clase de alevosías. Si ese mal salvaje que es el hombre civilizado arrebatara la vida de un animal o de una planta y se comiera los cadáveres crudos, sería señalado son el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras. Pero si ese mal salvaje trocea el cadáver, lo marina, lo adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura y merece memoria, libros, distinciones, teoría, casi una ciencia de la conducta alimentaria. No hay vida sin crueldad. No hay historia sin dolor."
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Y es que ayer estuve viendo un reportaje en Documentos TV sobre el caníbal de Rotemburgo que me dio mucho que pensar, hasta el punto que podríamos considerar su barbarie como la degustación perfecta, donde lo comido participa de la felicidad del que come, y así mismo lo excéntrico o maravilloso de comer la carne que nos viste como humanos. A veces la perfección está en el límite, y limitamos todo aquello que escapa de lo habitual, sin embargo..., ¿qué hay de malo en comer a quien desea ser comido?
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