Y se acabó.

Y se acabó una nueva y corta temporada a bordo. Antes de lo previsto pero satisfecho. Lo planeado pasaba por un viaje a Galicia para ver la familia y trabajar unos días con Iago, después, con la calma, buscar algo para ir tirando hasta la siguiente temporada; pero apenas dos meses no solucionaron nada y encontrar un trabajo en Palma parece imposible. Sólo si me espabilo podré encontrar algo a bordo, pero esta vez rumbo al Caribe, y eso podría ser descubrir el otro mundo con todos sus atractivos sensuales y promíscuos, paisajísticos y lucrativos.
Aunque -sentimientos canallas- nada me satisface más que yacer somnoliento abrazado a la dueña de la mariposa mientras Francino inaugura un día en el que llueve sobre el mojado de la noche dormida y divertida.
Palabrería aparte, necesito un trabajo que de amor no se vive.

Esa tripulación insaciable y el rodaballo silencioso.

Esa tripulación insaciable de la que formaba parte, no entendía de miserias, cada menú era digno de denominarse así, y nunca faltó en la mesa un buen filete de solomillo de ternera con sus patatas fritas, o una porción generosa de costillas de cordero que serví aquel día con polenta y sin "mint sauce"; hubo también paellas sencillas pero construidas a base de buen arroz bomba y caldo de pescado real como la vida misma. Se comió pollo asado, pero campero de Ibiza; costillas de cerda marinadas y asadas. Tortilla española, calamares a la andaluza, ensaladilla, pinchitos de pollo, croquetas y croquetas de pollo y croquetas de bacalao, de jamón, de pato, y de pollo otra vez y siempre croquetas, que sabía yo que no debía haberlas sacado del título de este blog. Ai! croquetas...
Que hubo días llenos de intenciones y en la citada mesa se presentaron platos tales que salmonetes con risotto -como hizo algún día el señor Arzak-, y filetazo de atún con esparrago licuado más otros que no recuerdo, pero valla si recuerdo el rodaballo este de la imagen, que despecié sin piedad y en venganza a los quebraderos de cabeza que produjo a los monjes pontevedreses que en tiempos remotos y de cuaresma dudaban de que semejante carne -aunque de mar- fuese permitida en viernes de vigilia. Maldita criatura..., que hube de pardearla con una pizquilla de sal, terminandola bajo el grill para anular ese efecto lujurioso de sus pellejos, y hacerla crujir. Rodaballo del demonio, pesadilla eclesiástica. Y qué mérito cuando lo volqué sin mesura sobre un manto de cachelos bien cocidos en laurel y ajo, y que para devolverlo a su naturaleza diabólica le bañé una ajada bien de pimentón más dulce que picante, que los comensales bastante cerca estábamos del pecado sin necesidad de estímulos extremeños.
Este día no hubo valor para enfrentarse al postre, se hizo silencio después del yantar, y cada uno de nosotros regresó a sus labores sin alboroto. Hay formas de gozo que son silenciosas, y parece que un "rodaballo a la gallega", es una.
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