Comer en un gran restaurante francés.

   Claro que no esperaba encontrarme a Robuchon guisando allí, tras la barra donde me hubiese gustado estar sentado. No soy tan ingenuo. Pero comer en un lugar que lleva su nombre habría de suponer algo más. 

   Llevaba unos días calentándome la cabeza con la idea de ir a comer a algún gran restaurante de estos de la Costa Azul. Estábamos en el puerto de Beaulleau sur mer, hermosa villa donde no hay muchas distracciones y uno se conforma con poco. Pero el sosiego de la villa resulta que alberga una residencia cuyo restaurante posee dos estrellas Michelin, y un chef de cierto prestigio que por supuesto yo no conocía. Pasé varias veces por la entrada, que distaba unos metros del edificio aunque impedía ver el interior, ojeé varias veces la carta sin entender nada, busqué las salidas laterales y me acerqué para expiar sin éxito el interior de la cocina. Regresé paciente al barco dándole vueltas al tema. 

   Al día siguiente, día libre, un mero me hizo una señal, y en el café donde me conectaba a internet decidí que sí, que esa fecha sería inolvidable. Pero que si me iba agastar un dinerazo en un gran restaurante frances habría de ser al menos lo suficientemente conocido como para poder presumir de él. Siendo el Louis XV demasiado caro y exigente en estética, pensé en el mítico Hotel Negresco de Niza, cuyo restaurante posse una estrella michelin y que a lo largo de la historia había conocido la gloria de manos de chefs como Jacques Maximin. Llamé pero estaba cerrado por reformas. Seguí entonces rebuscando y vi que en Monaco, en el Hotel Metropole, Robuchon da nombre a uno de los restaurantes. Dos estrellas Michelin, pero es lo de menos: Robuchon, la leyenda, el perfeccionista, consideramo el chef del siglo, el mejor durante años, el que señaló a Adriá, el que ostenta más estrellas en todo el mundo. La leyenda viva. 

Hecha la reserva, allí me planté a la hora pactada con mi aspecto al límite de lo permisible.
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