La Trattoría Pizzería Vesuvio, a pesar de la morena lozana, no sale en The world´s best restaurantes.

La imagen que ilustra esta entrada, fue tomada con el móbil a horas muy tempranas mientras esperaba el autobús de Lerici, que me conduciría a la estación de la Spezia donde un tren me acercaría al aeropuerto de  Pisa, hermosa ciudad donde tres días más tarde pernoctaría refugiado en una esquinica de un soportal próximo a la estación donde otro tren que me trajo de vuelta a La Spezia tras  un maravilloso  fin de semana en casa.

 Pero si esa mañana tomé esta foto, fue por motivos mayores que el simple aburrimiento, y es que días antes, ahí mismo, en la Trattoria Pizzeria Vesuvio, comí pasta: "ravioli con salsa ragú", y días más antes aún, me llevé un par de pizzas para cenar.
   Y recordé esa mañana, excitado por el regreso a casa, que aquí un napolitano grande acostado sobre la caja registradora coordinaba a dos mozas hermosas y bien lozanas que daban el servicio, la una castaña y la otra morena de carnes trémulas y voluptuosidad pura, que qué cosa, por dios, que sólo intentaba explicarle que quería anchoas..., y digo que habiendo pasado justo una semana, sin haber vuelto más a la Trattoria Pizzería Vesuvio, hoy decidí rescatar la imagen y escribir sobre la misma, al no encontrar, sorprendentemente, este establecimiento en la lista de los The best world´s 50 best restaurants,  que bien lo merece. Y estando, como lo estoy, falto de tiempo, prometo, que  cuando lo tenga, miraré la lista de los 50-100, que quizás salga por ahí, antes o después de Michel Bras,...


Mañana soleada de domingo.

  La pintada que ilustra este post, hecha con alevosía, quizás sea el resultado de un arrebato apasionado de amor febril de algún joven ávido de aquella que allí delante habita.  Asustado, y sin mucho tino, recordaría el ragazzo aquel coito inaugural, tan fugaz como intenso, mientras manejaba el aerosol cual pincel Gussow, plasmando esa su declaración en el triste muro y más en la memoria de su amada, no por el bello y heroico acto del varón, ni tampoco por el pauperrimo coito, sinó por las hostias que le propició su padre, sabedor de las andanzas de la niña, en aquella mañana soleada de domingo.

   Pero todo esto no es más que una suposición, imaginaciones mías que salí a pasear tranquilo en esta mañana soleada de domingo, a sabiendas de que hoy comeríamos el Ossobuco que preparé ayer: lo marqué con harina, hice un sofrito de cebolla y pimiento verde, desglasé con vino blanco hasta su reducción, después añadí agua con caldo de pastilla, que otro no tenía, dejé cocer unas dos horas y reservé hasta hoy. Lo serví como manda el recetario tradicional con una mezcla de zumo de limón, piel del mismo y anchoa picada; de guarnición risotto con azafrán.

Siempre me ha gustado mucho el pan.


A mi siempre me ha gustado mucho el pan y Saramago. Dadas las presentes circunstancias, lo uno y lo otro van unidos. El pan, porque aquí donde trabajo se me exigirá hacerlo fresco cada día; y Saramago porque me garantiza felicidad y distracción en los minutos previos al reposo nocturno.
"De los tiempos de la calle Herois de Quiroga poco más tengo que decir, sólo algunos recuerdos sueltos, de mínima importancia: de las cucarachas que pasaban sobre mi cuando dormía en el suelo, de cómo comíamos la sopa, mi madre y yo, del mismo plato, cada uno a un lado, cucharada ella, cucharada yo; de la mañana en que llovía mucho y decidí no ir a la escuela, con gran enfado de mi progenitora y todavía mayor  sorpresa mía por atreverme a faltar a las clases sin estar enfermo ni tener para tal ningún motivo fuerte; de cuando, tras las ventanas de la terraza de la parte de atrás de la casa, veía caer los hilos de agua que se deslizaban vidrio abajo; de cómo me gustaba mirar, a través de las imperfecciones del vidrio , las imágenes deformadas de lo que estaba al otro lado; de los panecillos comprados en la panadería, todavía calientes y olorosos, que conocíamos como los de "siete y medio"; de las "vianilhas", de msa fina, más caras, y que sólo en contadas ocasiones tuve la golosa satisfacción de comer... Siempre me ha gustado mucho el pan."  
                              Las pequeñas memorias. José Saramago.



La flor de Sir Norman Foster.

   Mientras que Sir Norman Foster se está dejando los sesos en el diseño de un nuevo superyacht revolucionario y espectacular,  un pequeño remolcador cruza el  Golfo de los Poetas arrastrando su primera obra naval en dirección a algún astillero que evite, en un futuro, tales humillaciones indignas de semejante navío.
   Hecha la foto, bajo a preparar la cena con especial gusto, que esta mañana vieron mis ojos el mercado de La Spezia, y sin licencia para dispendios compré unas flores de calabacín para rellenar de mozzarella de bufala con pesto y empanarlas para luego freír a fuego fuerte. 


"Monuno tú, perraco mío"

   Como nadie se ha levantado, desayuno tranquilamente, me abrigo y salgo a fumar allí al abrigo de una esquina donde no me alcanza la lluvia, hago varias fotos con el móvil para olvidar la noche de sueños incómodos. Regreso a dentro y me conecto a internet (bendita ventana al mundo real), repaso una conversación tenida en el Skype horas antes y encuentro la cura a esas preocupaciones que flotan a mi alrededor: "monuno tú, perraco mío".
   Así que hoy intentaré vaciar el frigorífico y preparar una lasagna de verduras con mucho queso, luego, a lo mejor, vamos de compras: uno me dice que hay que alimentarse bien y menciona cortes de carne de primera, otra dice que  hemos de ser prudentes con el gasto, a ver que dice el capitán...
    Por lo pronto, ahora que ya escampa y parece que alguien se levanta, me voy a hacer algo...

En el Mar de Liguria.


   El pueblo que ilustra esta entrada se llama Portovenere, está en el Mar de Liguria, no muy lejos de La Spezia, en cuyos astilleros resido actualmente.

   Me dicen que hay quien busca cocinero, y me pongo en contacto con él, que me cita días más tarde con su hermano, de quien me despido con una sonrisa amable y un fuerte apretón de manos mientras las copias de mi documentación lucen sobre la mesa. Después que si hay o no hay vuelos, que mañana me voy, que me compro "maites" nuevos y  uff cómo te voy a echar de menos,..., que cojo un avión y otro, y un tren y otro, y ya, que aquí estoy, y aquí estaré.
   Hoy comimos pollo adobado a la plancha con patatas al horno y un trozo de tarta; después sacamos el yate "a pasear "y el capitán me señaló Portovenere, qué bonito.

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