Por el "mero" placer de despiezarlo.


 Siempre que pasaba veía este puesto cerrado, o bien era muy temprano o bien demasiado tarde, pero hoy había gente alrededor y me acerqué, era el momento oportuno, y tan oportuno como que aquel mero todavía agonizaba, meneaba tímidamente la cola y abría exageradamente sus bránqueas. Tiene que se jodido ser pez en esas circunstancias, darte cuenta de que te estás muriendo un sin fin de veces hasta que realmente te mueres.

  Pero no es precisamente pena lo que sentí, sinó un deseo insano de poseer aquel animal. Lo observaría unos instantes, tendido sobre la tabla de madera, allí en la intimidad de mi cocina. Le haría fotos, quizás. Acariciaría sus lomos para sentir los pálpitos, la vida, mirarlo a los ojos. Me imagino a mi mismo delante de la criatura, poniéndome el delantal, los guantes de latex y afilando mi viejo cebollero, ejecutor, sádico. Mi viejo cebollero diseñado para otras tareas menos crapulentas, pero que su amo, canalla, utiliza para rotos y descosidos. Mi buen cuchillo, ahora, más ávido de almas que de hortalizas, se deslizaría suave por detrás de las bránqueas, descubriendo la carne blanca del animal hermoso, seguiría por el lomo hasta desprenderlo de la espina dorsal. Habría tiempo después, y lo digo para entendidos, de retirar vísceras y escamas, que yo estoy todavía lejos del impecable sistema nipón. 
 El lomo sobre la tabla.  Una tajada sesgada y limpia, y un bocado. 
 Hasta aquí alcanza mi imaginación.

  La realidad es que hoy tenemos día libre y no voy a comprar un pescado por el "mero" placer de despiezarlo. ( El puesto está en el puerto de Bealieu Sur Mer, al Sur de Francia, la imagen fue tomada y modificada de Street View.)

Visita a Le Louis XV, Alain Ducasse.

 En un arrebato de valentía y aún consciente de mi aspecto insuficiente, le pregunté al Can Cervero si podía pasar al restaurante, con cara de espanto y nervioso ante la aproximación de unos clientes reales el joven apura la negativa consiguiendo que yo, participativo, descienda de inmediato al espacio público del que nunca debía haber salido. 

Esta es, después de Noma, mi segunda visita a uno de los mejores restaurantes del mundo: el Le Louis XV de Alain Ducasse, en Monaco.
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