Decepción en Robuchon de Monaco.

   Dado mi aspecto, me acomodaron allí en una mesa al fondo, buen lugar no obstante, tenía una perspectiva amplia del restaurante y pude presenciar el acto del servicio nítidamente: el maitre, el sumiller, los camareros y ayudantes; al fondo la cocina abierta y rodeada por una barra con sus taburetes. Decía que es aquí donde me hubiese gustado estar sentado, pero no me atreví a pedirlo...

   El sumiller me acercó la carta de vinos que rechazé para su gran sorpresa. 
-No va a beber vino?! -exclamó casi ofendido. 
-No gracias, póngame un agua con gas y limón.- Y limón, así, para dármelas de "guay" que va muy bien para aclarar el paladar entre plato y plato sin necesidad de gastarme los cuartos en algún vino excelso que, dado mis conocimientos de enología, me dejaría indiferente y un poco más pobre. 
-Umm- terminó el sumiller, que no dudó en volver momentos más tarde para soltarme una perlita: 
-¿Está usted disfrutando su agua con gas?- dijo con una sonrisa pícara. 
-No se puede imaginar usted cómo- contesté. 

   Un pan acimo de Cerdeña con aceite de oliva y la mantequilla que preparó en quenelle una muchacha hermosa que acercó a mi un carro de pan inmenso y precioso. 
   De aperitivo, en un chupito: una crema de foie, un jugo de vinagre de Módena y cubierto con espuma de queso (ignoro cual). 
   Primero una latita de caviar con base de cangrejo (diría que era cangrejo real de lata), una gelée de mariscos (fortísima) y caviar (no decían la carta qué tipo). Me lo comí con la cucharita empujando con pan, pero no me gustó demasiado. 
   Después siguieron los espárragos verdes con Parmesano y morillas. Como elemento decorativo unas hojitas de rúcula, que le van muy bien. Estaba bueno, pero no me pareció un plato muy sofisticado, y lo peor: juraría que las morillas eran rehidratadas. 
   Foie a la plancha con guisantes y una emulsión de bacon. El foie estaba increible, los guisantes estofados, muy buenos, lástima que no estaban pelados. 
   Langostinos con albahaca. Era un langostino envuelto en albahaca y una lámina de brick frito. Servido en un plato alargado sin ningún tipo de decoración más que una lágrima de gel de albahaca soso. Clavado con un palillo de toda la vida, yo creía que en estos sitios utilizarían una brochetita, de madera o metal o algo que lo diferencie, que justifique su categoría. Claro que estaba bueno, muy bueno, pero me parece poco elaborado. 
   Alchachofas, calamares con un toque de chorizo y tomillo. Este es un plato que esperaba ansiosamente y me decepcionó: presentado en un pequeño tahini ,¿ por qué? el plato no tenía ningún elemento árabe (chorizo, jeje) Elemtento decorativo de nuevo la hojitas e rúcula y de sabor estaba bien, pero el chorizo no se apreciaba mucho y el tomillo nada. 
   Codorniz, puré de patata trufado. Increible, la codorniz sabrosísima muy jugosa en su punto de sangre, y el puré de patata trufado, como no podía ser de otra manera,: muy bueno. Pero claro: codorniz, patata y trufa, sin más. 
 El primer postre era el que ilustra el post, y consistía en una gelatina de fresa, una especia de creme brulee (seca), helado de yogurt y lima y un palito de no se qué. 
   El segundo postre era un condumio de piña, merengue, y sorbete de albahaca. Estaba bueno, pero no entiendo que sirvan don postres donde predomina el sabor ácido. 
   Y para terminar un bombón de chocolate y moka, que me lo comí mientras salía, dado que ya había pedido la cuenta en el primer postre porque el tren se iba pronto. 

   La espera ente plato y plato fue de unos diez minutos, que estando sólo, se hace pesado. Pero lo entiendo. El servicio impecable, muy agradable. 

202€ y su propina 

Es la primera vez que iba a un restaurante de tanta categoría y salí decepcionado. Creía que dos Estrellas Michelín suponían algo más a nivel gastronómico, y desde luego..., el nombre de Robuchón... Ojalá entendiese un poco mejor de qué va todo esto... 

Sobre el restaurante: http://www.metropole.com/
(La imagen de http://blogs.estadao.com.br/paladar/l-atelier-de-sao-paulo-ou-de-joel-robuch-1/)

Comer en un gran restaurante francés.

   Claro que no esperaba encontrarme a Robuchon guisando allí, tras la barra donde me hubiese gustado estar sentado. No soy tan ingenuo. Pero comer en un lugar que lleva su nombre habría de suponer algo más. 

   Llevaba unos días calentándome la cabeza con la idea de ir a comer a algún gran restaurante de estos de la Costa Azul. Estábamos en el puerto de Beaulleau sur mer, hermosa villa donde no hay muchas distracciones y uno se conforma con poco. Pero el sosiego de la villa resulta que alberga una residencia cuyo restaurante posee dos estrellas Michelin, y un chef de cierto prestigio que por supuesto yo no conocía. Pasé varias veces por la entrada, que distaba unos metros del edificio aunque impedía ver el interior, ojeé varias veces la carta sin entender nada, busqué las salidas laterales y me acerqué para expiar sin éxito el interior de la cocina. Regresé paciente al barco dándole vueltas al tema. 

   Al día siguiente, día libre, un mero me hizo una señal, y en el café donde me conectaba a internet decidí que sí, que esa fecha sería inolvidable. Pero que si me iba agastar un dinerazo en un gran restaurante frances habría de ser al menos lo suficientemente conocido como para poder presumir de él. Siendo el Louis XV demasiado caro y exigente en estética, pensé en el mítico Hotel Negresco de Niza, cuyo restaurante posse una estrella michelin y que a lo largo de la historia había conocido la gloria de manos de chefs como Jacques Maximin. Llamé pero estaba cerrado por reformas. Seguí entonces rebuscando y vi que en Monaco, en el Hotel Metropole, Robuchon da nombre a uno de los restaurantes. Dos estrellas Michelin, pero es lo de menos: Robuchon, la leyenda, el perfeccionista, consideramo el chef del siglo, el mejor durante años, el que señaló a Adriá, el que ostenta más estrellas en todo el mundo. La leyenda viva. 

Hecha la reserva, allí me planté a la hora pactada con mi aspecto al límite de lo permisible.
Safe Creative #0812200054710
Free Counter